EL gran Marco Antonio de la Parra

Lo primero que leí de Marco Antonio de la Parra fue un breve cuento en La Revista Médica de fines de los 70’. Me sorprendió la agilidad de su pluma  y la audacia de referir a la cultura popular, una especie de Almodóvar de la prosa, antes que el español hiciera historia con el cine. El año 75 lo ví en la bienvenida de los mechones de medicina, si mal no recuerdo, en una representación de  El Gran Gatsby o pudo ser El Padrino, son tantos los años que me perdonarían si no acierto.

Lo vi actuar un par de veces En la secreta obscenidad  de cada día junto a León Cohen. En un programa radial del principio de los 2000, llamado  PURO CUENTO, que transmitía en la noche la radio Duna, De la Parra seleccionaba y leía cuentos que recibía vía mail. Siempre hacía un breve comentario de cada uno de ellos. De dos breves cuento que envié hizo elogiosos comentarios. Uno de ellos Las magdalenas del desierto y, el otro,  El Remolcador de Lonquén. Habló de lo fotográficos de las imágenes y otras cosas que no recuerdo. Lo divertido par mi era escuchar mis cuentos leídos con tanto entusiasmo por De la Parra. Yo también quise sortearle una travesura. Cuando le envié el primero simplemente le puso uno de mis nombres: Tirso. La siguiente semana le hice llegar otro y a ese puse por nombre De Molina. Verdad, era un chiste tonto, pero me hacía gracia escuchar cuando De la Parra comentaba el nombre, como si hubiese llegado de la tierra del vino: Molina.

Siempre quise agradecerle su lectura. Sirvan estas líneas como eso, una inmensa gratitud por darle a este país humor inteligente y audacia creativa. Aquí los dos cuentos.

 

El remolcador de Lonquén

 

El sol daba con toda su fuerza en el parabrisas, los camiones raudos avanzaban  en sentido contrario al mío. A lo lejos, en un claro, difuso, aparecía en la berma izquierda aquel remolcador que marcaba la cercanía a mi trabajo.

 

A nadie parecía extrañar tamaña embarcación a cien kilómetros de la costa, pero allí estaba, sostenida por viejos durmientes que acrecentaban su altura. Parecía que navegaba hacia Santiago, pero una tarde su tripulación decidió abandonarle, encallando en un puerto de camiones. Quizás su delirante capitán navegó tierra adentro en medio de la niebla.

Un campesino de la zona me dijo que era el arca de un poco convencional frutero que vivía en un condominio cercano que luego de esotéricas lecturas y de los informes de Weather Chanel  concluyó que se aproximaba una nueva glaciación y había que ser precavido . No era raro ver merodear a los perros y una vaca con su toro ramoneando el poco pasto que crecía en torno a la embarcación.

 

En un bar cercano afirmaban que en las noches de luna la tripulación organizaba alegres fiestas con las temporeras de Isla de Maipo.

Un viejo concejal me contó que el alcalde había fletado el remolcador, luego de decepcionarse con la regionalización y decidió anexar la comuna a Santiago, pero  como se construyó un Mall en las cercanías ya no era necesario arrastrar al pueblo a la capital.

Un camionero brasileño que cambiaba neumáticos al borde del camino me dijo que iban a filmar una versión chilena de Fitzcarraldo pero que el director no se ganó el fondart y el proyecto había naufragado.

En un par de años fui acumulando historias que prefiero resumir, para no sobrepasar las reglas del programa. En fin, ésta me la contó un marino jubilado: “Navegábamos enfilando  hacia San Antonio, era el primer domingo de  marzo del 85, cuando un ruido venido de las profundidades alertó al capitán. Vimos el puerto como una cuncuna serpentear a la distancia. El capitán nos obligó a vendarnos los ojos y guardar silencio

“por el vinoso  ponto las negras y cóncavas naves”, es lo único que recuerdo balbuceo el capitán, nosotros perdimos la memoria”.

Pasaron los años y el remolcador se fue haciendo cada vez más invisible. Era como si ya no existiese, pero  un obstáculo real  para los camiones   que aparcan en el lugar.

Un jueves al amanecer se inició el desguace, de lejos creí que se trataba de la tripulación, pero no, ya habían desplomado la torre de mando, el casco parecía más oxidado y una poza de diesel daba cuenta que su potente motor había sido arrancado.

 

Tirso De Molina

 

 

 

Las magdalenas del desierto

 

Hace 15 años que no regresaba. Mi padre, aburrido del desierto, me trajo al verde valle central. La nostalgia y el fin de Chuquicamata nos empujaron a volver, era la ceremonia del adiós definitivo. Llegamos a Calama a media mañana, el sol reverberaba en la loza lo que presagiaba un día pesado, de aquellos que el desierto sostiene luminoso hasta bien entrada la noche.

Arrendamos un pequeño auto y enfilamos a la mina, mi papá silencioso bajó la ventanilla izquierda pero el blanquecino polvillo nos provocó un concierto de estornudos como si una bolsa de pimienta se hubiese desparramado en nuestras caras.

De las viejas casas nada quedaba, el imponente club con sus canchas de bowling parecía bombardeado, los grandes bolos negros que antes rodaran por las vitrificadas maderas hoy parecían viejas municiones de barcos piratas. Los altos pimientos de la plaza proyectaban su árida sombra, haciendo más inmenso el abandono. Nos estacionamos para estirar las piernas y recorrer aquellas calles que alguna vez en coche recorrí junto a mi madre. Merendamos las magdalenas que guardamos del avión y luego de un par de sorbos de las ya tibias bebidas iniciamos la caminata.

La inmensa mole gringa del hospital desplegaba aún su fortaleza, pero al acercarnos, su verdad era otra, la fachada se mantenía en pie, el resto ya había sido demolido. El viento hacía sonar el cartel “urgencia” que pendía amenazante en la cornisa. Desde la explanada de ingreso recorrimos con la mirada el pueblo, es decir, sus ruinas.

“Vamos a la tumba de tu madre” -me dijo- y bajamos con la ventisca del mediodía. ¿El cementerio también desaparecerá?   No, los cementerios siempre se dejan en pie –me respondió-.

De Molina

 

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