Vidas mínimas


 

 

 

 

 

                               

Pequeñas historias

Próximo a la Comisaria 43 de Peñalolén conocí al vendedor de diarios que pueden observar la imagen. Un hombre que en su juventud había trabajado en Cristalerías Chile. Allí supo de luchas sociales y sindicales. Se hizo miembro del Partido Comunista. Su incorporación al Partido fue en una ceremonia en que el mismísimo Elías Laferte le entregó su carnet de militante. Las precarias condiciones económicas le obligaron en los años ochenta del milenio pasado a buscar mejores horizontes, logró en aquellos años conseguir con la Municipalidad de Peñalolén instalar un kiosco de diarios. Poco a poco establecimos amistad, los domingos era el día que adquiría el diario, pero lo recibía con sorpresa. Las primeras veces creí que había sido un error, pues en su interior traía el diario, en esa época clandestino, El Siglo, órgano oficial de PC. El domingo siguiente le dije, de la sorpresa que había encontrado en medio del más conservador diario chileno. Sin duda que su risa fue amplia y cómplice. “Cómo va a perder el tiempo leyendo mentiras”, le dije que la única razón de su compra era encontrar un mejor trabajo. Aquella era la rutina dominguera matutina. Me narró que esa era su aporte al partido, hacer llegar las ideas a militantes y simpatizantes.

En Madrid tuve la oportunidad de conocer a Carlos Huerta, viejo militante del MIR en Casa de América, yo había sido invitado a acompañar a Aucán Huilcamán, a propósito de la declaración DDHH de los pueblos indígenas. De visita en Santiago me acompañó a comprar el diario. En realidad  para mi fue un deleite escuchar a estos dos personajes dialogar sobre aciertos y errores que cada uno se adjudicaba. En un momento el tono de la conversación fue subiendo y Huerta le dijo que ellos no habían sabido defender las conquistas alcanzadas, que las revoluciones a medias tenías costos irreparables. Que la feroz carnicería desatada contra la militancia de izquierdas era un verdadero desastre. Nuestro diariero no perdió la calma y le respondió que ellos eran como la chépica, que en invierno se seca pero esta siempre creciendo bajo la superficie. Huerta, sorprendido con la respuesta, le replico que en Siberia ni su famosa chépica germinaba. Nuestro diariero no se achicó y respondió “a cada suelo su semilla”. Con el diario bajo el brazo nos fuimos a la feria de Consistorial a visitar otro personaje: el librero de la feria de Consistorial. Esa es otra historia.

Comentarios

  1. Hola Tirso, aunque lei este texto en un email que me mandaste, se van agregando texto a la memoria de Penalolen y de otros lares o residencias, un saludo.

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  2. Gracias por tu comentario, es verdad, el primero tenía algunos errores que creo corregí. De Couve aprendí a poner atención a lo que él llamaba vidas comunes o mínimas. Yo intento poner atención a ellas.

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